Hermanos y hermanas,
Todavía resuena en la Iglesia el anuncio de la Navidad. Ya han pasado los días de luces, de celebraciones, quizá de recuerdos agridulces. Y hoy la Palabra de Dios nos invita a ir más hondo, a preguntarnos qué significa de verdad que Dios haya querido nacer entre nosotros.
El evangelio que acabamos de escuchar nos dice algo sorprendente:
“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Dios no se quedó lejos. No miró el mundo desde arriba. Entró en nuestra historia, con todo lo que tiene de luz y de sombra.
Y esto, aquí, en este lugar, se entiende muy bien.
Porque Jesús no nació en un palacio, sino en un sitio humilde.
No vino rodeado de seguridades, sino de fragilidad.
No eligió una vida cómoda, sino una vida marcada por el rechazo, la incomprensión y, al final, la condena.
Dios sabe lo que es sentirse limitado, juzgado, encerrado.
Dios sabe lo que es cargar con una historia difícil.
La primera lectura decía: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.
No dice que las tinieblas desaparecieran de golpe. Dice que en medio de ellas apareció una luz.
Y eso es importante:
Dios no promete una vida sin muros, pero sí una luz que nadie puede apagar, ni siquiera los muros de una prisión.
Muchos de vosotros podéis sentir que vuestra vida ha quedado marcada para siempre. Que el pasado pesa demasiado. Que la sociedad solo ve el error, la condena, el expediente.
Pero la Navidad nos recuerda algo esencial: para Dios nadie es solo su pasado.
Cuando Dios mira a cada uno de vosotros, no ve un número, ni un delito, ni una etiqueta.
Ve un hijo.
Ve una historia que todavía no está cerrada.
San Juan dice en el evangelio: “A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios”.
No dice: a los perfectos, a los que nunca se equivocaron.
Dice: a los que lo reciben.
Y recibir a Jesús aquí, en Villabona, puede significar algo muy concreto:
– No rendirse interiormente.
– No dejar que el corazón se endurezca.
– No perder la capacidad de pedir perdón y de perdonarse.
La verdadera libertad no empieza cuando se abren las puertas de fuera.
Empieza cuando Dios encuentra un hueco dentro del corazón.
Jesús nace para decirnos que ninguna noche es eterna, que ninguna vida está definitivamente rota, que siempre es posible empezar de nuevo, aunque sea poco a poco, aunque sea con pasos pequeños.
Que esta Navidad que aún celebramos os ayude a creer esto:
Dios no ha terminado con vosotros.
Vuestra historia sigue abierta.
Y en medio de este lugar, aparentemente oscuro, Dios ha querido acampar, como acampó en Belén.
Que María, que supo guardar la esperanza en silencio, os acompañe.
Y que el Niño de Belén os regale esa paz que el mundo no sabe dar, pero que nadie puede quitar.
Amén.
Homilía pronunciada en el Centro Penitenciario de Villabona durante la visita de los Reyes Magos de la Hermandad de Jesús Cautivo
4 de enero de 2026
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